Nos mudamos

Nos hemos mudado de blog. La nueva dirección es:
http://limpiopensadores.wordpress.com/
Esperamos que os guste.

Sevilla daltónica

Erase una Sevilla

que sufrí­a de dolencia curiosa,

dolida en cada orilla,

pues sollozaban por la misma cosa.

Tal cosa es daltonismo,

pues que no es ceguera, que no es lo mismo.

 

Acudía Sevilla,

sin complejo, a comprar una chaqueta.

Sentábase en la silla,

Sevilla,tan flamenca, tan poeta,

decía así, sin miedo:

"¿esa es roja? Si es roja, me la quedo".

 

Y así nuestra Sevilla,

que desde siempre resulta engañada,

rondaba por la villa

con su chaqueta tan mal ajustada,

y creyéndola roja,

cuando en verdad era verde cual hoja.

 

Y es ella que se presta,

sin importarle ni mucho el engaño.

Con su chaqueta puesta,

le da igual si es algodón, lino o paño,

incluso si va coja,

que va feliz si cree que ésta es roja.

 

Felipe Santa-CruzMartínez-Alcalá.

Sevilla, 15 de mayo de 2009.

El país dentro de la carpa



El país dentro de la carpa.

 

Una carpa encierra a la vez que protege. La carpa de la que hablamos encierra magia, ilusiones, fantasía, un mundo donde lo artificioso se logra a base de sudor, genialidad y trabajo. La carpa de la que venimos hablando pertenece al Circo del Sol.

Este lugar está poblado por seres generosos. Su trabajo es emocionar y entretener. Su llanto durante los ensayos son sonrisas del público durante la actuación; sus ropas disfrazan a la par que cubren las marcas de la entrega; vuelan y se arrastran por el escenario, aveces más espíritu que cuerpo, más ilusión que realidad.

Pero la carpa es todo un país, y existen otros seres bajo ella: los espectadores. Ellos son tan generosos como los primeros, pues llegan vacíos pretendiendo llenarse. Y, ¿Acaso no es generosidad el permitir recibir?, ¿no es esto lo mismo que confiar? El que da un consejo no es más generoso que el que lo recibe con agrado, quien regala una sonrisa no es más desprendido que quien la guarda en su alma, el que lee entrega tanto como el que escribe.

El fuego calienta al hombre, cierto; pero el hombre alimenta el fuego. El ser humano da y recibe, pues precisa de ambas acciones. A veces, recibiendo, en verdad se da. ¿Cómo delimitar estas fisonomías? ¿Dónde está aquella línea divisoria? Ambas son fundamentales, ambas son el día; no conocemos crepúsculo.

El artista se yergue sobre el escenario y dice: “dejen sus preocupaciones, pasen a un mundo de sensaciones y sentimientos: les acercaremos lo divino”; el espectador se acurruca y se deja engrandecer.

Sublime misterio que cuelga al trapacista de cables y entrega alas al espectador. ¿Brilla el sol fuera?; dentro brillan las almas.

Una familia ocupa varios sitios. ¿Cuáles? Cuales quiera. ¿Cuántos eran en dicha familia? Dígalo usted, o inventemos junto la cifra; no nos importa realmente.

Nos importa que había un padre. Es fundamental decir que un hijo suyo se sentaba, por ejemplo, a su izquierda.  ¿Qué edad tenía el padre? Pues era mayor que el hijo, obviamente. ¿Qué edad tenía, pues, el hijo? Ahora responderíamos: ¿acaso lo podemos determinar? En aquel momento tenía la inocencia de un crío que se lo cree todo, los movimientos emocionales de un poeta y la mirada de un sabio que contempla la naturaleza.

Las luces del escenario se apagan y éste queda a oscuras. La música llena cada espacio, cada vacío, ahora es la auténtica protagonista. El hijo cierra los ojos e inspira profundamente, se concentra y estremece. Diríase que aspira el alma del espectáculo y  trata de  oír sus latidos.

Su padre lo mira y lo juzga cansado.

– ¿Duermes hijo?– pregunta entonces éste.

– No– contesta el hijo–. Sin embargo, sueño.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 29 de marzo de 2009.

Salud del inocente

Salud del inocente.

 

Inocente, ten presente:

aunque buena y muy sincera,

inocencia ,tan ajena,

es funesta consejera.

 

Felipe Santa-CruzMartínez-Alcalá.

26 de marzo de 2009.

Huellas y trazas de mi abuela

Huellas y trazas de mi abuela.

 

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

 

A la luz de estos versos de Machado, me pregunto: ¿quiénes eran mis abuelos? Enormes caminantes; ¿qué somos nosotros? Sus huellas, porque llevamos la impresión de sus pasos, y caminantes, pues también caminamos. Caminamos con su rastro, con su estela. Ellos también fueron una vez huellas y caminantes. Mas, ahora que tanto y tan bien han andado, podemos mirar en exclusiva el fin, puesto que en éste encontramos los principios. En estos momentos siguen caminando juntos, lo que ocurre es que en el cielo ya no se dejan huellas, o si se dejan, aún no las podemos ver.

 

Por otro lado, cuando el monte es transitado con paso firme y capaz, podemos hablar de algo más que de huellas: hablaremos de una vereda. Esta vereda contiene las huellas, y habrá que mirarlas con vista de pájaro para apreciar sus trazas. Lo primero de lo que se percata aquél que contemple el camino de mis abuelos es que este es recto; inmediatamente después verá que los pares de huellas no se han separado: estos son las pisadas de marido y mujer. Si se hace un último esfuerzo, se percibirá que son muchas las huellas que se acercan a las de mis abuelos, comprobará además que no se alejan luego. Una vez alguien se acercaba a ellos, ya nunca les abandonaba.

¿Por qué sucedía tal cosa?

En el campo de Olivares, donde tanto hemos compartido, subiendo las escaleras que conducían a la primera planta y la torreta, hay una serie de platos decorativos con algunas sentencias escritas en ellos. Uno, en concreto, reza: “Llégate a los buenos, y serás uno de ellos”. Sentirse bueno es sentirse feliz, mantener ese sentimiento es ser efectivamente feliz. El hombre sabio busca la felicidad y no la desprecia al encontrarla; el hombre sabio conocía la felicidad con mis abuelos, y no estaba dispuesto a renunciar a ella.

En este matrimonio había una colosal figura pública, un médico emblemático. Por ende, suele decirse que la mujer que le acompañó durante su caminar, vivía a su sombra. La sombra de la vida pública es la vida privada. Y, Llamaríamos sombra a esta vida privada si no fuera porque mi abuela la iluminaba tierna y firmemente. Nadie llama sombra al cariño, al amor, a la generosidad, al buen hacer y al cuidado que profesaba a sus hijos, nietos, y especialmente a su marido.

El comedor de su casa no conocía los pestillos. Cada día nos reuníamos allí muchos de los que nos encontramos aquí sentados, y algunos de los que ya no se sientan entre nosotros. Me gustaría poder decir el número de personas que solíamos comer en su casa, pero también le hubiera gustado saberlo a ella, pues solíamos presentarnos sin avisar.

Este cuadro está pintado en bellos colores en la memoria de mi familia. Es cierto que siempre había un sitio en aquella mesa. Así como lo es también que a menudo había risas, y nunca un mal gesto.

Al comenzar la comida, se oía una broma de boca de mi abuela: “el que manche el mantel, se lo lleva a casa y lo lava”. Al poco tiempo se escuchaban unos pasos que subían ligeros por las escaleras; era mi abuelo. Al final de su vida siempre nos decía: “yo antes corría”, y aquellos pasos apresurados lo demuestran. A mi abuela se le iluminaban los ojos con una luz bellísima al verlo aparecer: era amor. Estoy muy agradecido de haber sido testigo de aquellas luces; no hay nada mejor para aprender a amar, que respirar amor, contemplar amor, y, por supuesto, recibirlo. Luego, tras el beso, mi abuela le negaba el chocolate hasta que hubiera terminado de comer, y mi abuelo obedecía sin rechistar.

Algo más tarde subía Tío Felipe. Recuerdo que se sentaba entre mi abuela y mi madre, que comía a la derecha de mi abuelo y de cara a mis tías. Mi abuela guardaba las mejores presas para mi tío, el lenguado más grande y, por qué no decirlo, un cariño muy especial para su único hijo.

Aunque esto pertenece a los recuerdos de la familia, querría dar unas pinceladas torpes para presentar la figura amable que era mi abuela a aquellos que no la trataron.

Siempre tenía Groenlandia en la boca. Si estabas estudiando fuera de Sevilla, solía preguntarte por tu ausencia de esta manera: “Ya nunca vienes a vernos, ¿qué estás en Groenlandia?”

Para las bodas de plata escribió una nota a mi abuelo. En esta puede leerse: “Felipe, te quiero como nadie te puede querer. Te quiero, te quiero y te quiero”. Sólo decir que ella era elocuente, y que los poetas suelen quedar mudos al contemplar el amanecer. A ella le enmudecía el amor. Pero nada se perdía, pues su mirada sabía hablar las lenguas más bellas.

No ha habido mujer más fiel. Sólo una vez hubo infidelidad. Un día caminando por Morón de la Frontera, ya siendo novios, mi abuela se cruzó con un joven que se le debió antojar muy guapo; entonces lo miró impresionada. Al acercarse resultó ser mi abuelo, y ella le contó lo ocurrido sin poder contener la risa. Siempre reían al compartir este recuerdo. “Entonces, qué, ¿me has engañado conmigo mismo?”, bromeaba mi abuelo.

Ya hemos comentado dónde se encuentran ambos. Caminan por el cielo en presencia de Dios. En realidad no tienen demasiado tiempo libre, pues miran por nosotros a todas horas. Nos construyen un camino en el cielo, igual que lo hicieron sobre tierra. Sus pasos les condujeron donde están, ahora quieren conducirnos a nosotros.

Hoy nos aferramos a su memoria de una manera dulce. Su recuerdo nos pesa y nos entristece. Ahora no vemos sus figuras más que en sueños, ni escuchamos sus voces más que nuestras almas. Recordar lo alegre, nos hace llorar; recordar lo grande nos hace sentir el gran vacío que han dejado. Sin embargo, ellos también sufrieron muertes y momentos difíciles. Ser un titán no te exime de recibir golpes, y desde luego ambos los recibieron, y ambos fueron rocas que no ceden a la tempestad. Y, si aquellos fueron los pasos de estos caminantes, ahora nos toca a nosotros hacer camino al andar.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 6 de febrero de 2009

Fran, cabizbajo, camina y se compadece -- Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá

Fran, cabizbajo, camina y se compadece.

 

La noche es del paseante. Es por la noche que pasea el poeta.  La noche no es ni del coche, que duerme callado, cansado de tanto alborotar, ni del atareado, al que llama el sueño con tal ímpetu, que por querer volar, camina ligero. No decimos que no haya otros actores en esta obra, apuntamos que los primeros son los protagonistas, y el resto hacen de público o figurantes secundarios. Son los poetas quienes juegan con el decorado de la obra, miran al público, o improvisan soliloquios con la voz más baja, la del pensamiento.

Al poeta se le antoja corto el paseo, sabe que se acaba y lo prolonga tomando el camino más largo. Este ser detesta dormir, pues detesta despertar.

Fran bajaba por la Constitución hacia Plaza Nueva cabizbajo; Fran era uno de aquellos poetas y paseaba, pero no miraba a la luna, miraba al suelo. Se fijaba anonadado en cada mendigo o músico callejero que se cruzaba en su camino. Le llamaban especialmente la atención los segundos. Los miraba tan intensamente, con tal pena posada en sus párpados, que estos casi quedaban imantados a sus ojos, hasta que Fran volaba de ellos como una mariposa aturdida y caprichosa. La noche le caía encima y caminaba encorvado. Todo era vago y enorme, todo era fuerte, porque él era débil.  Todo quedaba lejano, porque no llegaría a ninguna parte. Caminaba como un octogenario tirando de un cuerpo apenas adentrado en la veintena. Si le hubieran parado para preguntarle adónde iba, no hubiera sabido qué decir; si le hubieran inquirido que de dónde venía, hubiera quedado mudo. Ni iba ni venía, ni volvía a ni regresaba de, y el que no vuelve a ni regresa de, es porque escapa a o huye de.

¿De qué escapaba Fran? De sí mismo, de la decepción. ¿Quién lo había decepcionado? Él mismo. ¿Hacia dónde huía? Hacia el hundimiento. Escapando del fracaso, fracasaba; huyendo del dragón, se rendía a sus pies.

Su dolor era de aquellos más difíciles de tratar. Caminaba triste, sin saber qué tristeza le aturdía. Este dolor es de tal composición: Por un lado duele, como cualquier mal, es una herida; por otro, el no saber de dónde viene nos advierte de que lo hemos elegido nosotros y de que no queremos enfrentarnos a él, y, por lo tanto, que no sólo lo elegimos, sino que lo aceptamos y queremos.

Estos son los síntomas, pero su dolor tiene un agravante: no quiere curarse, quiere ir a peor. Fran golpeaba su moratón una y otra vez. ¿Cómo? Haciendo uso de su imaginación. Se procura el dañino placer de pensarse una víctima. Su fantasía le situaba en el papel del herido digno de caridad. Esto es terrible y, como hemos visto, dañino. Fran se sabía bajo el agua, pero no tenía voluntad de salir, la tenía de perecer; veía sangrar su herida, pero le parecía bello y por ello ahondaba en la misma a base de ficción. Es la imaginación al servicio de la autocompasión, es estar enfriado y caminar bajo la lluvia con los pies desnudos. Fran pensó en duros dramas que le pudieran acaecer, pero con gloria. El dolor y la desdicha son heroicos y agradables en la frente. Su castigo emocional era perpetrado a la vez por la razón y por la ficción. La primera alumbró en las sobras y la segunda apagó la vela.

Lo que le ocurría es, en verdad, sencillísimo: había guardado demasiada basura en el saco de su conciencia, y aquella tarde se le había roto, dejando su alma tan llena de polvo, que ahora lo veía todo negro. Tampoco se veía con fuerzas para limpiarla, porque cuando todo está sucio no se sabe por dónde empezar, ni siquiera si bajo tanta suciedad puede haber algo distinto a ella.

Si dejásemos la narración en este punto estaríamos siendo injustos con Fran, como lo estaríamos siendo con cualquier individuo al que analizásemos como simple modelo causa y efecto. Hasta ahora hemos dicho que un niño llora si le hurtamos su piruleta. Ahora trataremos de clarificar el por qué del llanto del niño al arrebatarle su golosina.

Estudiemos a Fran.

En primer lugar, hemos dicho que Fran imagina, pero ¿qué imagina? Imagina que le duele el alma y es socorrido sin necesidad de quejarse; que recibe lo que da, porque en verdad da; que cuando alguien le daña se disculpa, de la misma forma que lo hace él. Todo esto imagina, y todo esto le daña. Sin embargo, nada de esto le disculpa. No se debe esperar recibir lo que uno da, ni se debe descuidar lo fundamental por lo superfluo. Aquella conciencia sucia por haber acumulado basura no se limpiará con las lágrimas de esta excusa.

Fran tiene más circunstancias que le llevan a descuidarse: Fran es un niño con un globo. Como globo es sublime, pues vuela por encima de las cabezas del resto, llegando incluso a rozar las nubes; como niño es caprichoso y descuidado. A veces el niño suelta la cuerda y el globo se le escapa. Entonces llora mientras corre desesperado tras el globo. Éste es manejado al antojo de los viento. Sube altísimo, mucho más alto de lo que podría hacerlo mientras el niño lo sujeta. Otras veces desciende hasta el suelo, donde es pisoteado y puede llegar incluso a rasgarse; el niño lo recupera destrozado.

Este sube y baja es su imaginación. La imaginación puede servir a la genialidad y a la autodestrucción. Fran sufre por ello.

Volvamos a hacernos la misma pregunta: ¿disculpa esto a Fran? No, lo dijimos antes y lo repetimos ahora. ¿Qué debería hacer Fran? Conseguir que el niño ate el globo a un clavo hasta que limpie la suciedad de su conciencia. Luego habrá de hacer crecer al niño para que mantenga la conciencia limpia mientras sostiene en la otra mano el globo, ya con brazo de hombre. Cuando quiera que el globo se eleve, o cuando sienta que este se quiere elevar, con adquirir una cuerda más larga tendrá suficiente.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 5 de febrero de 2009.

Elogio fúnebre a un gran hombre, mi abuelo

Elogio fúnebre a un gran hombre, mi abuelo.

 

Todos deseamos que nos amen, pero corremos una gran suerte por amar. La plenitud se consigue amando; entregando amor.

Esto lo sabía bien mi abuelo. Él amaba en la tierra, y ahora ama desde el cielo.

Su amor era acogedor, invitaba a que le amasen. De esta forma, ya no sólo recibías su amor, sino que te ayudaba a amarle, y así te engrandecía. Te entregaba lo sublime a través de lo cotidiano. La crítica jamás aparecía en sus labios, el perdón brotaba a borbotones. No juzgaba a nadie, pero diagnosticaba como ninguno.

Cuando entrabas en la salita te decía: “Siéntate, hijo mío”. Luego se interesaba por ti. Preguntaba por lo más menudo y se preocupaba por todos tus allegados.

Si quisiéramos demostrar hasta qué punto todo esto es cierto, no tendríamos que hacer más que mirarnos, hoy, entre nosotros. Él sacaba lo mejor de cada persona. El bien se encuentra cómodo con el bien; el mal se quedaba muerto de miedo en un rincón del alma.

Mi abuela es un inmejorable ejemplo de este hecho. Bondadosa y cariñosa; fiel compañera; amantísima esposa, madre y abuela; generosa mujer y decoroso ejemplo de vida.

Este matrimonio virtuoso conocía el fin de la existencia humana. Ambos sabían, desde el día de su nacimiento, que todos hemos sido llamados a un selectísimo banquete. Desde muy jóvenes se preparaban para acudir a él. Limpiaban sus almas, así como sus ropas; perfumaban sus cuerpos, así como sus almas. Peinaban sus cabellos de la misma forma que desmarañaban su espíritu. Tan puntillosos eran para lo visible como para lo místico. Tanto mimaban la forma como el fondo.

Ahora ya estaban listos. Esperaban sentados, en la salita o en la cama, a que el anfitrión les mandara a recoger. Mi abuelo no sólo estaba preparado, sino que se sabía preparado.

Él ya ha partido. Está en el banquete, que se celebra en aquellas estancias que anuncia el Evangelio. Está sentado en una gran mesa, donde seguro participa del Amor de Dios, y de la compañía de amigos y familiares. A su lado tiene reservado un sitio, es para mi abuela. Se levanta, busca al metre, y le dice: “por favor, ¿puede usted quitar esas aceitunas de la mesa?, mi mujer está al llegar y no las puede ni ver”.

Cada vez que cometemos una falta, se levanta. Se dirige al Padre, y le pide que no lo tenga en cuenta. Ya que esto es así, ¡tratemos de no cometer faltas!, no queremos que esté todo el rato levantándose, ¿verdad?

Cuando necesitamos ayuda corre a socorrernos. “Por favor, Padre —comenta cuando está frente a Él— échale una mano, ¿no ves que te necesita, que sin ti nada puede?”.

Él confía en nosotros. Ya nos tiene reservado un lugar en la mesa, ya tenemos habitación en las estancias. El encargado le pregunta por nosotros: “¿Está seguro de que van a venir?”. Él, con firmeza, le responde: “Le doy mi palabra de honor”. ¡Tal es la fe que tiene en nosotros! Eso es, por tanto, lo que le debemos.

Cuando queramos hablar con él oraremos. Y, si antes sacaba el móvil, ahora aguzará el oído y dirá: “Un segundo, Don Fulano, me llaman”. Se alegrará con cada oración igual que antes lo hacía con cada llamada de teléfono y con cada visita.

A nosotros su ausencia nos duele, no cabe duda.  Su partida ha dejado un gran vacío en este mundo. Su vida y su ejemplo nos producen más daño que alivio. Pero es esta vida, que perdura en su ejemplo, lo que nos asegura su participación en el banquete. Ahora nuestros ojos no le ven, pero su mirada nos acompaña a todas horas.

 

 

 

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla 13 de diciembre de 2008.

Foro debate: Globalización y Democracia.

    Esta entrada no alberga más pretensiones que las de exponer un tema con la intención de recoger ideas que puedan clarificar un dilema tan complejo como éste.
    Las claves del debate son las siguientes:
    El tema a tratar es: Cómo afecta la globalización a la democracia.
    Para abordar el tema expondré las dos posturas principales, y enfrentadas.
    Antes me gustaría dejar claro que estas posturas han sido definidas durante el transcurso de un seminario de una asignatura llamada Teoría de la Cultura. Las comunico tal cual tomé nota de ellas.
    Veamos las posturas, para que nos sirvan de marco:
    1)Postura neoliberal: El libre mercado conlleva un aumento de la riqueza para las naciones participantes. Este aumento de la riqueza (aumento, digamos, del PIB) favorece el desarrollo de dichos países, lo cual acaba desembocando en democracia. Esto es debido a que el crecimiento económico favorece la educación, la seguridad, etc. Según los datos esto es cierto. Aquellos países que se suman al libre mercado, tienden sus manos a la democracia.
    2)Postura crítica (intervencionista): La globalización provoca un "vaciamiento" de las instituciones nacionales en favor de las internacionales y regionales. Esto quiere decir que políticas como la monetaria (manejo de los tipos de interés, por simplificar), ya no están en manos de los gobiernos que hemos elegido, sino que están supeditadas a la decisión de Europa, y ésta, a su vez, a los designios del Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo mismo podríamos decir de otras organizaciones como el Banco Mundial (BM), o la Organización Mundial de Comercio (OMC). Según esta postura, con este trasvase de poderes, el pueblo pierde el control sobre las políticas y sobre sus representantes. Consideran, por tanto, que, aunque se aumenta la "cantidad" de democracias, éstas disminuyen en "calidad", ya que no hay "soberanía nacional real". Las denominan como "democracias formales" (votamos cada cuatro años).
    Estas son las bases. Espero sus comentarios. Muchas gracias por su participación.

  

Sin rencor - Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá

Sin rencor.

 

Tras el sexto atentado del grupo terrorista ETA contra la Universidad de Navarra, el rector de la misma pronunció las siguientes palabras: “(…) este nuevo acto de vileza de la banda terrorista ETA no detendrá a esta comunidad universitaria que va a seguir trabajando sin temor y sin rencor”.

Esta frase, que empieza por lo común, en su final encuentra lo sublime. “Sin rencor” es lo que pretendemos realzar en estas líneas por lo bello y profundo. No guardar rencor es conceder el perdón, vía fundamental  hacia la mejora continua de ambos individuos: el que otorga el perdón, y el que lo recibe, ya sea tras demandarlo o como don inesperado.  El ser perdonado permite al que sufre por males cometidos despojarse de la careta de monstruo que la sociedad le entrega y que el confunde con su propia piel. Una persona que no halla el perdón en el damnificado, acaso le es más costoso perdonarse a sí mismo. La consecuencia de esto es el cargar con una maleta demasiado pesada como para realizar movimiento de cambio alguno; máxime cuando este consiste en el titánico esfuerzo que supone la aceptación de una conducta errónea como tal, y su posterior erradicación.

Perdonar no es consentir, es humanizar el mal cometido para que pueda llegar a ser asumido.

Pensemos un instante cómo vive un etarra su intimidad. Personas dañadas en lo más profundo de su ser por la  nociva ideología que les alimentó y que ahora se les indigesta. Ideología que les conduce al odio y al rencor como vicio. Males, ambos, que legitiman en su sinrazón actos de brutalidad tales como el asesinato.

Sin embargo, ese individuo que es arrastrado a las tinieblas por la fuerza, muere una sola vez; el etarra muere con cada asesinato; dinamita un trozo de su alma con cada bomba colocada. Nadie muere tan a menudo como quien mata a diario.

También sus dolores están viciados.

El dolor de las víctimas del terrorismo es un dolor sincero, limpio, agónico, descarnado. Sus lágrimas destilan amor segado, sufrimiento no merecido ni buscado, injusticia incomprensible que les lleva a culpar a la Providencia. El dolor del etarra es contradictorio y tenebroso; es lucha interna, donde su alma se encuentra a merced de hordas de invasores que destruyen a sus anchas, pues los captores de su libertad se encargaron en su momento de robar las armas que pudiesen defender su pensamiento, y se encuentran desnudos en su interior; es desdén por aquello que les han obligado a odiar cuando más inocentes eran sus mentes: “la vida”. El dolor del etarra es un infierno alternante de demonios nacidos de sus culpas y parcialmente controlados por el autoengaño; es un terrible crepúsculo que coloca sombras donde debería haber luces, y luces donde verías sombras; es miedo a la lucidez que tiene la cualidad de liberar a la conciencia amordazada;es la destrucción de la persona; la pérdida de su capacidad de autogobierno. El peor mal del asesino es el odio a la vida ajena, pues supone resentimiento contra su propia existencia. Saber que el desprecio a uno mismo es sepultar segundo a segundo la posibilidad de ser feliz, debe ser desesperante. Vivir con la certeza de sufrir íntimamente hasta el final, debe ser un verdugo incesante de la razón y la esperanza.

Hay agujeros donde la oscuridad es indomable, si nadie la alumbra será siempre absoluta.

Es por todo esto que debemos tenderles una mano amiga. Que sea la Justicia quien les hable de sus culpas y responsabilidades. Nosotros abracémoslos como hermanos que hoy malviven, pero que mañana pueden buscar la felicidad plena en nuestra compañía. No lo hagamos por consentir, sino por humanizar.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 25 de noviembre de 2008.

Resultado negativo - Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá

Resultado Negativo.

 

Comúnmente, encontramos a los paréntesis representados de esta forma: (a+ b+…). Sin embargo, nada queda más lejos de la realidad, que esta suposición; mero modelo humano, destinado a facilitar la comprensión de aquello que supera nuestro entendimiento. 

Estos seres, los paréntesis, tienen cuerpo, sentimientos, pensamientos, incluso hambre y sueño. Viven en otra realidad, y, seguramente, ellos también nos representan a nosotros utilizando símbolos. Suelen ser gordinflones y narigudos señores y señoras  de aspecto semitransparente. Todos tienen un resultado,formado por los valores que llevan alojados en su seno. El máximo resultado tiende a más infinito, aunque todos tienen, también, dentro de sí, valores negativos que hacen que su resultado final acostumbre a ser menor a este (mucho menor,realidad). Al ser semitransparentes, no siempre saben que valor   ostentan,y, a menudo, creyendo que rozan el ya mentado infinito, descuidan sus valores y acaban teniendo resultado negativo.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

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